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lunes, 31 de octubre de 2016

Trump y el paraíso perdido americano


por Rogelio Escudero Valentín


Donald Trump continúa dibujando una invaluable radiografía del imaginario racista, machista y xenofóbico de un amplio sector de la población estadounidense.
¿Por qué lo siguen con delirio sus partidarios? Lo siguen porque comparten su visión de mundo. Como su histriónico candidato, achacan los graves problemas socio-económicos del país a las bandas de “delincuentes” (los inmigrantes) que han traspasado ilegalmente las fronteras sagradas. Les seduce su propuesta de construir un muro protector que deberán pagar los invasores, por su pecaminosa osadía.
Por sintonía ideológica, se sienten además convocados cuando escuchan, en éxtasis rabioso, la consigna “Make America great again”, invitación a recuperar el paraíso perdido. La marea que trajo ese fenómeno de masa no bajará cuando terminen las elecciones; tampoco, con una posible renuncia del candidato. Sus efectos apenas comienzan.
Para justipreciar el “legado” de Trump debe abandonarse la tendencia a psicologizar su figura, a verlo como un simple cretino desquiciado, empeñado en destruir valores democráticos de la gran nación americana. Trump no es un lobo solitario ni el gran eclipse que tapa el sol de las bondades del sistema capitalista, como señaló un político del patio que camina, por cierto, con pocas luces. Llegados a este punto, cabe preguntarse si el sol de la democracia, ensombrecida por el “loco” Trump, brilló alguna vez en Estados Unidos. Respondemos con un sí que debe ser cualificado.
La democracia estadounidense brilló, hastaCONVERTIRSE en un poderoso mito, cuando las trece colonias hicieron suyas, en su lucha por la independencia, ideas progresistas de la Ilustración europea. La naciente república enarboló, por ejemplo, el culto a la razón y a la libertad en su entrada a la modernidad, sepultando así privilegios antidemocráticos del Antiguo Régimen, basados en el nacimiento.
No debe olvidarse, por supuesto, un “pequeño daño colateral” del proceso: la casi exterminación de los pueblos indígenas. Con todo, debemos reconocer que el sol alumbró en el horizonte de una nueva época.
Ahora bien, ¿cuándo comenzó el eclipse? Alexis de Toqueville nos brinda una pista en su clásico “La democracia en América”: “Así, a medida que la masa de la nación gira hacia la democracia, la clase particular que se ocupa de la industria se vuelve más aristocrática”. ¿Auguraba esta afirmación el surgimiento del 1% que controla la economía estadounidense en la actualidad?
La sombra se extendió, de eso no cabe duda, cuando Estados Unidos le robó a México más de la mitad de su territorio en un despojo que quedó rubricado en 1848 con el Tratado Guadalupe-Hidalgo. Todo, por supuesto, en nombre de la “democracia”.
El mito floreció en el siglo 19 a pesar del eclipse. Tanto es así que en Puerto Rico los partidos emergentes luego de la invasión de 1898 clamaban por la anexión isleña a la república del norte. Los políticos de entonces tardarían en comprender una premonición del independentista Gutiérrez Arroyo, preso por separatista en tiempo español. Cuando divisó desde su prisión la entrada de las cañoneras yanquis a la bahía de San Juan (lo relata el historiador cubano Emilio Roig de Leuchsenring), escribió en lo más alto de la muralla que lo aprisionaba una frase lapidaria: “No hemos sido liberados; tenemos meramente un cambio de amo”.
Fue, sin duda, una premonición. Nuestros reclamos de poderes políticos han sido recibidos muchas veces con la misma actitud despreciativa que exhibe hoy el republicano Trump. Nada nuevo bajo el sol.
“Porque las cosas son así deben ser de otra manera”, sentenció Bertolt Brecht. Abriguemos la esperanza de que nuevas generaciones de estadounidenses rescaten la nobleza de aquella nación extraordinaria que ofrecióALBERGUE a patriotas cubanos y puertorriqueños en el siglo 19.
Por ahora, tengamos en cuenta que el gran eclipse es el complejo militar, industrial y comunicacional que ha secuestrado no solo a Estados Unidos, sino a gran parte de la humanidad. Bajo su sombra imperial, Donald Trump y Hillary Clinton se estrechan las manos, sonrientes.















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